El blog de Alexis Ibarra

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martes, agosto 30, 2005

Encuentro con el Otro, el reto del siglo 21

Comparto con uds. un texto del maestro Kapuscinski que de seguro les interesará a los colegas periodistas, pero también a aquellos blogeros que sienten la necesidad de comunicar en la sangre: Comunicar sentimientos, comunicar verdades, comunicar visiones, comunicar el mundo.

Aquí el maestro ahonda en un tema "peludo" y que es base de todo trabajo periódistico: cómo enfrentarse al otro. Al otro que puede ser otra raza, otra ideología, otra clase social, otra visión del mundo, otra verda, otro sentimiento.

Encuentro con el Otro, el reto del siglo 21
Por Ryszard Kapuscinski

El encuentro con el Otro, con otras personas, siempre ha sido una experiencia universal y fundamental para nuestra especie. Los arqueólogos nos dicen que los primeros grupos humanos eran pequeñas tribus familiares de entre 30 y 50 individuos. Si aquellas comunidades hubiesen sido mayores, habrían tenido problemas para moverse con rapidez. Si hubiesen sido más pequeñas, habrían tenido problemas para defenderse con eficiencia y para luchar por la supervivencia. Nuestra pequeña tribu familiar viajaba en busca de alimento y de pronto se topó con otra tribu familiar. Fue un importante descubrimiento: había otras personas en el mundo. Hasta entonces, los miembros de estos grupos primitivos pudieron vivir con la convicción de que conocían a toda la gente. Pero resultó que no era así, que otros seres similares, otras personas, también lo habitaban. ¿Cómo comportarse frente a tal revelación? ¿Qué hacer? ¿Qué decisión tomar? ¿Debían lanzarse con furia sobre estas otras personas, pasar sin prestarles atención y seguir avanzando o tratar de conocerlas y comprenderlas?

La misma decisión que nuestros ancestros enfrentaron hace miles de años enfrentamos nosotros hoy: ¿cómo debemos actuar hacia los demás? ¿Qué clase de actitud debemos tener hacia ellos? Podría terminar con un duelo, un conflicto o una guerra. Todos los archivos contienen evidencias de estos eventos, también señalados por incontables campos de batallas y ruinas esparcidas por todo el mundo. La gente tenía tres opciones cuando encontraba al Otro: podía elegir la guerra, levantar un muro alrededor de sí o comenzar el diálogo. En el curso de la historia, la humanidad nunca ha dejado de oscilar entre estas opciones y, dependiendo de los tiempos y culturas cambiantes, ha escogido una o la otra, y podemos ver que titubea y no siempre tiene la se guridad, no siempre está parada en terreno firme. La guerra es difícil de justificar. Pienso que todos pierden porque la guerra es un desastre para los seres humanos. Expone su incapacidad para la comprensión, para ponerse en los zapatos de los demás, para la bondad y para el sentido. El encuentro con el Otro usualmente termina en forma trágica, en una catástrofe de sangre y muerte.

La idea que llevó a la gente a levantar grandes muros y profundas fosas, de rodearse a sí misma con ellos y aislarse de los demás, ha recibido el nombre contemporáneo de apartheid. Este concepto fue erróneamente confinado a las políticas del ahora difunto régimen blanco de Sudáfrica. Sin embargo, el apartheid se practicaba ya en las nieblas más primitivas del tiempo. En términos simples, los proponentes de esta doctrina proclaman que todos son libres de vivir como escojan hacerlo, mientras estén tan lejos de mí como les sea posible, si no son parte de mi raza, religión o cultura. ¡Si eso fuera tod o!

En realidad, estamos viendo la doctrina de la desigualdad estructural de la raza humana. Los mitos de muchas tribus y pueblos incluyen la convicción de que sólo nosotros –los miembros de nuestro clan, nuestra comunidad– somos humanos mientras otros, todos los demás, son seres subhumanos o no son seres del todo. Una antigua creencia china lo expresaba mejor: alguien que no era chino era considerado hijo del demonio, o cuando mucho una víctima del destino que no pudo arreglárselas para nacer chino. El Otro, según esta creencia, era representado como un perro, como una rata, como un reptil rastrero.

La hospitalidad griega

¡Cuán diferente era la imagen del Otro en la época de las creencias antropomórficas, la creencia de que los dioses podían asumir la forma humana y actuar como gente! Entonces no se podía decir si el viajero que se acercaba, el recién llegado, era una persona o un dios con disfraz humano. Esta incertidumbre, esta fascinante ambivalencia, fue una de las raíces de la cultura de hospitalidad que ordenaba mostrar toda amabilidad al recién llegado, ese ser no conocido.

Cyprian Norwid escribe al respecto cuando pondera, en su introducción a La Odisea las fuentes de hospitalidad que Odiseo encuentra en su viaje de regreso a Itaca. “Allá, con todos los pordioseros y peregrinos extranjeros –observa Norwid–, la primera sospecha era que podía haber sido enviado por Dios... nadie podía ser recibido como huésped si la primera pregunta era: ‘¿quién es este recién llegado?’. Sólo después de homenajear a la divinidad seguían las preguntas humanas. Eso era lo que se llamaba hospitalidad y por eso se la nombraba entre las diferentes prácticas y virtudes pías. No había un ‘último entre los hombres’ con los griegos de Homero. Siempre era él el primero, lo cual significa divino”.

En esta concepción griega de la cultura, citada por Norwid, las cosas revelan una nueva importancia favorable para la gente. Las puertas no son sólo para cerrarse en contra del Otro: también pueden abrirse para darle la bienvenida al interior. El camino no necesariamente ha de servir a las columnas hostiles; puede también ser una carretera a lo largo de la cual uno de los dioses, vestido de peregrino, se acerque a nosotros. Gracias a tal interpretación, el mundo que habitamos comienza a ser no sólo más rico y más diverso, sino también más amable con nosotros, un mundo en el cual nosotros mismos vamos a querer encontrar al Otro.

Emmanuel Levinas dice que el encuentro con el Otro es un “evento” o incluso un “evento fundamental”, alcanzando hasta los más lejanos horizontes. Levinas, como sabemos, fue uno de los filósofos del diálogo, junto con Martin Buber, Ferdinand Ebner y Gabriel Marcel un grupo que desarrolló la idea del Otro como una entidad única e irrepetible, más o menos en oposición directa a dos fenómenos que se presentaron en el siglo 20: el nacimiento de las masas que abolieron la separación del individu o, y la expansión de las ideologías totalitarias y destructivas. Estos filósofos intentaron salvar lo que consideraban el valor más importante: el individuo humano.

El aporte de Malinowski

En el círculo de estas ideas y convicciones, un tipo similar de pregunta y reflexión, una actitud similar, despierta y se desarrolla en las grandes investigaciones de un hombre que fue miembro de la Academia Polaca de Ciencias: Bronislaw Malinowski. El problema de Malinowski era cómo acercarse al Otro, no sólo como una entidad hipotética y abstracta, sino como una persona concreta que pertenece a una raza diferente, con creencias y valores diferentes de las nuestras, y con su propia cultura y costumbres. Señalemos que el concepto del Otro se define usualmente desde el punto de vista del hombre blanco, el europeo. Pero actualmente, cuando camino por una aldea en las montañas de Etiopía, una multitud de niños corre detrás de mí, señalándome alegremente y llamándome “¡Ferenchi!”, que si gnifica “extranjero”, “otro”. Este es un ejemplo del desmantelamiento de la jerarquía del mundo y sus culturas. Los Otros son verdaderamente Otros, pero para aquellos Otros, yo soy quien es el Otro. En este sentido, todos estamos en el mismo barco. Todos los habitantes de nuestro planeta somos otros para otros: yo para ellos, y ellos para mí.

En la era de Malinowski y en los siglos precedentes, el hombre blanco, el europeo, dejó su continente para apoderarse de nuevas tierras, capturar esclavos, comerciar. Estas expediciones, a veces, fueron sangrientas. Malinowski partió rumbo a las islas del Pacífico con una meta diferente: aprender acerca del Otro. Aprender sobre las costumbres y lenguaje de su vecino, y ver cómo vivía. Quería verlo y experimentarlo por sí mismo, experimentarlo para poder más tarde contarlo. Podría parecer como una empresa obvia, pero resultó ser revolucionaria y puso al mundo de cabeza. Presentó desnuda una debilidad, o quizá simplemente una característi ca que aparece en un grado diferente en todas las culturas: el hecho de que las culturas tienen dificultades para comprender a otras culturas. Malinowski declaró, luego de llegar a su sitio de investigación en las islas Trobriand, que la gente blanca que había vivido ahí por años no sólo no sabía nada sobre la gente local y su cultura, sino que además, de hecho, tenía una imagen errónea, basada en el agravio y la arrogancia. Malinowski levantó su tienda en medio de una aldea local y vivió entre el pueblo local. Lo que experimentó resultó no ser una experiencia fácil. En su obra Un diario en el estricto sentido del término menciona problemas, malos humores, desesperación y depresión. Uno paga un precio alto por liberarse de su propia cultura. Por ello es tan importante tener su propia identidad clara, y un sentido de su propia fuerza, valor y madurez.

Únicamente entonces puede con confianza enfrentar a una cultura diferente. De otra manera, se retraerá a su propio escondite y cortará todo contacto con los demás.

Malinowski avanzó otra tesis, increíblemente atrevida para su época: no existe una cultura más elevada o inferior; sólo hay culturas diferentes, con diferentes maneras de satisfacer las necesidades y expectativas de sus participantes. Para él, una persona diferente, de una raza y cultura diferente, es sin embargo una persona cuyo comportamiento, como el nuestro, se caracteriza por la dignidad, el respeto por los valores reconocidos y el respeto por la tradición y las costumbres.

Nueva sociedad planetaria

Mientras Malinowski comenzó su trabajo en el momento del nacimiento de las masas, vivimos hoy el período de transición hacia una nueva sociedad planetaria. Hay muchos factores tras de esto: la revolución electrónica, el desarrollo sin precedente de todas las formas de comunicación, los grandes avances en el transporte y en el movimiento, y además, la transformación de la conciencia de la generación más joven. ¿Cómo v a esto a alterar las relaciones entre nosotros y con otras culturas? ¿Cómo va a influir mi relación con los otros dentro de mi cultura? Es muy difícil dar una respuesta inequívoca y final, ya que el proceso es continuo y nosotros mismos, sin oportunidad del distanciamiento que alimenta la reflexión, estamos inmersos en él.

Levinas consideró la relación entre el yo y el Otro dentro de los límites de una civilización individual, racial e históricamente homogénea. Malinowski estudió a las tribus melanesias en una época en que todavía estaban en su estado primitivo, no habían sido todavía violadas por la influencia de la tecnología, la organización y los mercados occidentales. En la actualidad, esto es cada vez menos posible. Las culturas se están volviendo híbridas y heterogéneas. Este proceso cultural ocurre especialmente en aquellas regiones en donde las fronteras de los Estados son los límites de culturas diferentes, como en la frontera méjico-norteamericana y también en las gigantescas megalópolis en donde viven poblaciones que representan a las más variadas culturas y razas. Decimos que el mundo se ha vuelto multiétnico y multicultural no sólo porque hay más de estas comunidades y culturas que antes, sino porque están hablando con mayor fuerza, con creciente autosuficiencia y voluntad, demandando aceptación, reconocimiento y un sitio en la mesa redonda de las naciones.

Pero el verdadero reto de nuestro tiempo, el encuentro con el nuevo Otro, deriva de un contexto histórico más amplio. La segunda mitad del siglo 20 fue una época en la que dos terceras partes de la humanidad se liberaron de la dependencia colonial y se convirtieron en ciudadanos de sus propios estados que, cuando menos nominalmente, son independientes. Esta gente comienza a redescubrir su propio pasado, mitos y leyendas, sus raíces, sus sentimientos de identidad, y por supuesto, el orgullo que fluye de todo esto.

En la actualidad, nuestro planeta, habitado durant e siglos por un estrecho grupo de gente libre y amplias filas de esclavizados, está lleno de un número creciente de naciones y sociedades que tienen un alto sentido de su propio valor e importancia. Este proceso con frecuencia ocurre en medio de enormes dificultades. Pudiéramos estar avanzando hacia un mundo tan nuevo y cambiado que nuestra experiencia histórica previa resultará ser insuficiente para comprenderlo. En cualquier caso, el mundo al que estamos entrando es el “planeta de las grandes oportunidades”. Pero no son oportunidades incondicionales, sino más bien oportunidades abiertas sólo para aquellos que toman en serio sus papeles y por ello demuestran que se toman en serio a sí mismos. Este es un mundo que tiene mucho que ofrecer, pero también que demanda mucho, y en el que tomar atajos fáciles es con frecuencia el camino a ninguna parte.

Constantemente estaremos encontrando al nuevo Otro, quien emergerá del caos y tumulto del presente. Es posible que este nuevo Otro emane de la reunión de dos corrientes contradictorias que conforman la cultura del mundo contemporáneo: la corriente de globalización de nuestra realidad y la corriente de la conservación de nuestra diversidad, nuestras diferencias, nuestra originalidad. El Otro podría ser hijo y heredero de estas dos corrientes. Debemos buscar el diálogo y la comprensión con el nuevo Otro.

La experiencia de pasar años entre remotos otros me ha enseñado que la amabilidad hacia otro ser es la única actitud que puede alcanzar el espíritu de humanidad en el Otro. Ambos vamos a querer apelar, como dijo Conrad, a lo que “habla a nuestra capacidad para encantarnos y maravillarnos, al sentido de misterio que rodea a nuestras vidas; a nuestro sentido de la piedad y belleza y dolor; al latente sentimiento de camaradería con toda la creación y a la sutil pero invisible condición de solidaridad que une a la soledad de innumerables corazones: a la solidaridad de los sueños, en la alegría, en la pena, en las aspiraciones, en las ilusiones, en la esperanza, en el temor que une a unos hombres con otros, que une a toda la humanidad, a los muertos con los vivos y a los vivos con los que todavía no han nacido”.



© Los Angeles Times

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